Primero hablamos. Te escucho sin prisa, sin formularios, sin el reloj encima. Me cuentas lo que te pasa, cómo lo vives, qué esperas. Muchas personas me dicen que hace mucho que nadie les había escuchado así.
Después te tumbas en la camilla, vestido, en una postura cómoda. Apoyo mis manos con un contacto extremadamente suave — tan suave que a veces cuesta creer que esté pasando algo. Y sin embargo, pasa.
El sistema nervioso reconoce ese tipo de presencia. No la presión, no la manipulación — la quietud. Y desde ahí, algo en ti empieza a reorganizarse por sí solo.
Al terminar, solemos quedarnos unos minutos en silencio. Ese silencio también es parte de la sesión.